Hace unos días se celebraba la Feria SIMO Educación 2015, que llegó cargada de tecnología innovadora dispuesta para ser llevada a las aulas.

Por la feria pasaron más de 8.000 profesionales de la gestión educativa del ámbito nacional. Por lo que una cosa está clara: tanto las empresas tecnológicas como las escuelas y universidades saben que algo está cambiando.

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Según cuenta a EL MUNDO Juan Ramón Alegret, de Blackboard, “hoy se están formando alumnos para empleos que todavía no existen, por lo que los profesores deben ser abiertos y ayudar a sus alumnos a que se adapten al cambio. De esta forma, los alumnos formados en este ambiente podrán adaptarse mejor a las nuevas tecnologías del futuro o a las nuevas tendencias del mercado, así no estarán encasillados en una única metodología del aprendizaje antiguo”, explica.

Actualmente, las aulas comienzan a integrar aparatos electrónicos. “Algunos docentes se están dando cuenta de que las nuevas técnicas basadas en la tecnología, como el flip classroom (clase al revés, en la que el alumno hace ‘deberes’ en clase con los compañeros y el profesor y aprende la lección en casa) o la gamificación (crear juegos interactivos para el aprendizaje donde los alumnos compiten entre sí) están facilitando tanto la tarea de estudio como la de enseñanza, por lo que los profesores pueden dedicar más tiempo a personalizar la educación que debería recibir cada estudiante”, cuenta Alegret.

Un freno magistral

Los niños de hoy en día usan la electrónica de forma intuitiva. Para ellos es algo que siempre ha estado con ellos, tan natural como comer, por lo que no utilizarla en el aula se les hace extraño. Sin embargo, para Alegret, el fondo del problema va más allá, la brecha no es tanto sobre falta de tecnología, sino sobre no saber enseñar qué hacer con ella. “Debería existir en todos los centros un tipo de software que permita gestionar el aula de forma correcta y que alumnos y profesores trabajen en grupo. Pero no sólo habría que tener dispositivos, sino que tienen que aprender a sacarles partido. Para los jóvenes usar la tecnología es algo normal, pero no saben usarla de forma académica para aprender mejor o más fácil. Tampoco saben usarlo como herramienta de trabajo. Lo usan como herramienta social”.

Esta problemática se extiende también al profesorado y esto hace el cambio más lento. “Es paradójico que los profesores que se incorporan al mundo laboral no hayan aprendido a manejar con productividad estas técnicas y tecnologías durante su formación en magisterio. Es un freno para la evolución de la educación, así que los profesores tienen que ‘reciclarse’ continuamente para que la tecnología sea útil”.

El aula del futuro

Según Alegret, el aula del futuro debe ser abierta, orientada al aprendizaje en proyectos y adaptada a inteligencias múltiples, es decir, personalizada. Además, el profesor al frente de esa clase debe ser un facilitador de contenidos, pero nunca debe explicar una lección desde el estrado como se venía haciendo desde hace décadas porque aburriría al alumno.

Además, la tecnología ya no pasará sólo por ordenadores, tablets o pizarras interactivas, sino que los wereables (tecnología vestible) será lo que esté a la orden del día para monitorizar el estrés del alumno y asociarlo a la plataforma de aprendizaje. La educación estará vinculada al Internet de las Cosas y todo estará conectado para recoger datos y aplicarlos a la metodología de estudio de cada alumno. Además, podrá existir tecnología que hoy en día ni podemos imaginar, la pizarra interactiva podría ser sustituida por paredes interactivas, o ¿quién sabe? quizá los alumnos del futuro se integren con realidad virtual en las historias que están aprendiendo.